Hermandad

14/10/21

Tomo el autobús interurbano por vez primera desde que empezó la pandemia. No se puede decir que el servicio haya mejorado para adaptarse a los nuevos tiempos. Incluso me da la impresión de que los que nos congregábamos hoy a las siete de la mañana en la parada éramos los mismos que hace siete meses: si acaso, un poco más desamparados, más desgraciados. Había quienes, quizá contraviniendo alguna de las normas que se han ido dictando y olvidando conforme avanza la enfermedad, llevaban bajada la mascarilla y fumaban durante la espera. Quién era yo para reprochárselo: aunque no fumo, siempre me ha parecido que hacerlo a esa hora de la mañana, en una desolada parada de autobús del extrarradio, es una manera de avivar una pequeña brasa portátil, como para calentarse con ella. 

Todavía en la segunda parada del trayecto el autobús no se llena demasiado. Pero quedan aún varias, y en todas hay gente esperando. Impensable exigir que todos vayamos convenientemente separados o respetemos eso que se ha dado en llamar "distancia de seguridad". Pero, curiosamente, y en contraste con el nerviosismo que suele embargarme en circunstancias análogas, aquí no experimento ninguna ansiedad. Tal vez porque el sentimiento básico -y espero que esto no parezca cursi- es el de hermandad. Tal vez por eso, en el fondo, y a pesar de los fumadores, todos nos mostramos exquisitamente considerados unos con otros. Todo lo contrario de lo que he podido constatar cuando he hecho este mismo trayecto al volante del coche, solo, cruzándome con otros conductores igualmente encerrados en su habitáculo y muy propensos todos ellos, y tal vez yo mismo, a mostrarse agresivos y maleducados cuando otro conductor se les cruza o adelanta. 

No quiero sacar conclusiones al respecto y no siquiera me parece prudente ahondar en lo que parece una imagen quizá demasiado beatífica de quienes no tenemos más remedio que amontonarnos a primera hora de la mañana en el transporte público: quién sabe si este mismo sentimiento de hermandad es el que lleva al individuo a despersonalizarse cuando, pongamos, forma parte de un piquete de linchamiento o un regimiento al ataque. Hermanos, sí, pero no necesariamente en el sentido franciscano del término. 

*

No sé si la pandemia me matará a mí. Pero una cosa es segura: matará este diario, porque un diario sólo puede estar hecho de apreciaciones subjetivas, intransferibles, aunque se refieran a las realidades más objetivas del mundo. Por eso el campo preferido de los diaristas es la nimiedad: ante ella, la subjetividad tiene el campo libre. Por eso ahora, en la que tantas contrariedades son experimentadas colectivamente pero afectan tanto a cada uno de los individuos que componen esa colectividad que ninguno de ellos puede ignorarlas, el margen por el que un diario puede dar cuenta de la experiencia diferenciada de un individuo en particular es muy escaso, por no decir casi nulo. En esto somos pura carne de cañón: una misma ráfaga o andanada acaba con todos al mismo tiempo y muchos pierden en ello hasta la posibilidad de que se les asigne siquiera un nombre que los singularice. Lo mismo pasa con los diarios: que tantos diaristas hablen de lo mismo, e incluso amaguen con publicarlo, deja entrever que el margen para que uno solo de esos diarios se singularice algo es muy escaso.


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