Propósitos

23/10/2020

Si alguien lee estas notas, pongamos, dentro de diez años, ¿entenderá el trasfondo de muchas de las cosas que aquí se han registrado desde el 14 de marzo? Nunca he querido dármelas de cronista, y por tanto no he querido anotar en este cuaderno los pormenores jurídicos de esta situación anómala ni sus repercusiones en el debate político. Tampoco he querido impostar la voz para hacer pensar que lo que uno apunta aquí tiene visos de análisis sociológico de lo que viene sucediendo. A lo sumo, deja uno constancia de sus estados de ánimo y de las repercusiones de los hechos externos en el entramado de sus afectos e intereses, pero tampoco de un modo exhaustivo o con pretensiones de que el conjunto equivalga a un relato más o menos coherente y completo de los tiempos que corren. Otros sí parecieron verlo claro desde el principio, y ya casi hemos perdido la cuenta de los libros que se han publicado al respecto... No sé. Más que un Tucídides al hacer el relato de la peste de Atenas, o un Pepys al dejar testimonio del incendio de Londres, uno quisiera adoptar el tono de Edmond de Goncourt al anotar como a regañadientes en su diario los terribles pormenores del asedio de París por los prusianos, el estallido de la Comuna y la posterior represión. Si alguien encuentra aquí algo parecido a un testimonio de lo sucedido, que sea por casualidad, sin método ni perspectiva: las anotaciones erráticas de un hombre que, en realidad, ha perdido las ganas de anotar cualquier cosa y simplemente se deja llevar por la inercia de un diario que ya lleva rodando quince años, y que seguramente no prolongaré -eso es lo que me pide el cuerpo- más allá de finales de este aciago 2020.

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Otro propósito de fin de año, además del anunciado en el párrafo anterior: dejar de hacer reseñas. Las he hecho por placer y casi siempre gratuitamente desde hace lo menos treinta años, y mi propósito ha sido siempre el mismo: dejar constancia, fundamentalmente para uso propio, de mis impresiones de lectura y de la propia evolución de mi juicio. Por ello me he centrado preferentemente en autores clásicos, en autores consagrados o simplemente en contemporáneos que tienen ya una obra hecha y sobre los que uno puede formarse una opinión no expuesta a ulteriores excepciones o a la evidencia de haberse dejado llevar por una impresión momentánea. Eso, al parecer, no lo he dejado claro en estos treinta años de dedicación a la crítica, y lo cierto es que cada vez me siento más presionado a hacer reseñas de autores demasiado cercanos, respecto a los cuales no me es posible mantener la distancia crítica debida, o simplemente a coetáneos que, por la semejanza de sus circunstancias autorales a las mías, me hacen sentir que, al escribir sobre ellos, estoy infringiendo el mandato que prohíbe ser juez y parte en un mismo asunto. Por eso mismo renuncié en su día a tomar parte en la votación de los "mejores libros de poesía del año" en la que me emplazaba a participar el suplemento con el que colaboro, Y por eso mismo me veo ahora en el caso de tener que explicar a personas muy cercanas que no puedo ni quiero reseñar sus libros. Pero como, a pesar de eso, me siguen llegando veladas incitaciones, a veces demasiado vehementes como para ser simplemente ignoradas, creo que lo mejor que hago es dejar de escribir reseñas de cualquier tipo y esperar a que quienes me mandan libros dejen de hacerlo o lo hagan sin compromiso alguno, sólo por amistad. Aquí lo dejo.

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Si uno muriera hoy, ahora, cuántos flecos. Los mismos, me temo, que cualquier otra muerte deja flotando al viento. Nadie deja su vida del todo terminada, pese a la evidencia de que lo único que de verdad se termina para siempre es la propia vida de cada cual.

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