Caigo de pronto en la cuenta


19/11/2020

Caigo de pronto en la cuenta de que esta pareja de adolescentes obviamente hispano-marroquíes -hablan con la mezcla de afectado desgarro y ocasional gracejo con que lo hacen sus coetáneos en cualquier barriada del entorno que atraviesa este tren de cercanías- no sólo no han venido a no dejarme leer tranquilamente durante el trayecto, como suele ocurrir cuando se me sientan cerca los de su edad, sino que me han traído una inesperada imagen de ternura y belleza. Ella es muy guapa: flaca y vivaracha, sus ojos son dos diamantes negros que fulguran por encima de la mascarilla sanitaria, enmarcados en un pañuelo de cabeza muy suelto, llevado con más coquetería que convicción religiosa; él también es bien parecido, con ese tipo de apostura discreta y sobria que a los hombres, incluso a los heteresexuales -o especialmente a los heteros- nos gusta apreciar en otro hombre. Se han sentado en una de esas hileras de asientos corridos, pegados a la pared, que miran al pasillo del vagón: primero lo hizo él, abriendo ligeramente las piernas, y luego ella a su izquierda, dejando caer las piernas sobre el muslo izquierdo de él, menos por comodidad que, supongo, por la sensación de ir pegada al chico. Entre ellos hay eso que los cursis de hoy llaman "química": quiero decir que es obvio que se gustan, que son algo más que amigos. Aunque no expresan esa atracción con esos besos descarnados con que gustan hacerlo los adolescentes más desinhibidos, ni se abrazan con ese abandono de quienes dan a entender que entre ellos no hay límites en cuanto al roce. Por el contrario, destilan una perfecta mezcla de elegante reserva y clara sintonía sexual. Hablan de esto y de aquello, a ratos en jerga juvenil andaluza y a ratos en lo que supongo debe de ser árabe marroquí: me da por pensar que esta otra lengua la utilizan para decirse lo que no quieren que yo, su único espectador, entienda; y estas partes de la conversación, quizá por efecto de ese prejuicio mío, suenan más alegres y musicales, como si en esa otra lengua suya que no parece tener preeminencia sobre su perfecto español fueran capaces de modular sus intimidades de otro modo. Son tan bellos, me digo, que me entran ganas de llorar, no tanto por ese sentimiento de impotencia que despierta a veces la contemplación de la belleza que no va con uno, sino de agradecimiento porque esta pareja un tanto desastrada haya venido a poner una nota grata en uno de estas feas jornadas de recelos y temores con las que ahora nos obsequia la realidad. 

Y me da la impresión de que no soy el único en percibirlo. El revisor, que normalmente se muestra distante y displicente, parece muy complacido cuando la chica lo tutea crudamente y le dice que la máquina expendedora le ha escupido tres billetes, en vez de los dos pedidos, y que no sabe cuáles de ellos son los que valen. El empleado se demora en pasar su máquina lectora por los tres y detecta el malo, que ha salido pegado al bueno por un defecto de la máquina. "¿Qué hago con él? ¿Lo guardo?", dice la chica -su compañero, a todo esto, no dice palabra-. "No, mejor lo tiras, no vayas a confundirte". Y todavía la chica tiene un último destello en su parla desinhibida y luminosa: "¿Lo tiro aquí?", dice, señalando una abertura en un panel junto a su asiento. "¿Esto es la basura?". El revisor asiente. Debajo de la mascarilla le adivino la sonrisa. Y yo ya tengo que dejar de deleitarme con la escena porque el tren ha llegado a mi parada.

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