Nuevas amistades


25/11/2020

Nuevas amistades: estos dos gatos con los que me encuentro casi todos los días poco antes de llegar al trabajo, cuando todavía es noche cerrada. Uno ronda a esa hora un descampado junto al que paso al doblar la esquina de la calle que conduce al cementerio desmantelado; el otro en el callejón que flanquea la tapia de uno de los costados del propio cementerio. Son distintos e incluso diría que tienen personalidades opuestas. El primero es descarado y fachendoso. Suele estar encaramado sobre un poyete, asomado a la calle, al filo del mencionado solar. Cuando lo veo y me paro a hacerle carantoñas  o enfocarlo con la cámara de mi teléfono, ni se inmuta. Tan sólo retrocede unos pasos cuando ve que me acerco demasiado, pero nunca condesciende a salir huyendo: se limita a sentarse en el suelo, o posarse con las patas  recogidas, apenas unos pasos más allá, sin mostrar miedo ni inquietud, si acaso fastidio porque alguien haya venido a importunarle. Si vuelvo a acercarme, repite el ejercicio de distanciamiento, y así una y otra vez, hasta que mi insistencia lo empuja al límite del solar y no ve ya otra salida que volver grupas y correr a esconderse en los bajos de un coche. Tengo fotos de la secuencia completa, que me permiten captarlo en una variedad de posturas que luego me esfuerzo en reproducir en mis dibujos y acuarelas. También, por supuesto, cometo la ingenuidad de llamarlo con esas onomatopeyas y exorcismos que suelen usarse con los gatos. Sin resultado alguno, claro, salvo quizá la impresión de que la expresión entre desconfiada y desdeñosa del gato muda a un gesto de controlada indignación, como si se preguntara cómo un extraño se atreve a tomarse con él esas libertades.

Con todo, y pese a esta demostración de hallarse a sus anchas en este desolado escenario, me da la impresión de que no se trata de un gato callejero, sino simplemente de un gato al que le permiten excursiones fuera de casa. Lo demuestra su falta de temor a las personas, y también un cierto aspecto de animal cuidado, que no pasa apuros para procurarse comida ni se expone a vicisitudes que redunden en desaliño o en esas terribles heridas que a veces exhiben los gatos de la calle. Tampoco el otro las tiene, al menos que se vean, pero sí muestra un pelaje más deslucido y un cierto aire de criatura hecha a la vida expuesta. Curiosamente, tiene quien le dé de comer: en el callejón hay siempre envases de aluminio o cartón en los que alguien le deja pienso. Suelen ponérselo en el receso que abre en el muro un portalón metálico lateral siempre cerrado y muy manchado de herrumbre y orines, cuando no empavesado de hierbajos. Ahí, en ese rincón, suelo encontrarlo. Como el otro, no huye de inmediato, pero se alza sobre sus patas y se diría que incluso amaga con arquear el lomo. En esta actitud de alerta se desliza despacio, rozando el portalón, hasta sobrepasarme; y sólo si ve que retrocedo para acercarme a él o lograr un mejor enfoque en mi intento de fotografiarlo, sale corriendo y se esconde en los bajos del coche más cercano.

Con ellos me convenzo todas las mañanas de que mis madrugones para viajar en un autobús prácticamente vacío, esquivando las apreturas de la insalubre hora punta, no son todavía indicios irreversibles de insociabilidad. Me proporcionan la única compañía que me apetece a esas horas. Y sólo me inquieta la posibilidad de que, a esa hora indiscreta, en la que cualquier madrugador podría estar atisbándote desde su ventana, mis gestos hacia ellos resulten como mínimo sospechosos, cuando no síntomas claros de que un nuevo loco se ha instalado en el barrio y, como todos los locos, ha empezado por cultivar la amistad de los gatos de la calle.

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