Otro ensayo de despedida

31/12/2020

Ensayo de nuevo mi despedida de este diario, al que pretendo dejar de acudir durante al menos un año, y ello por dos motivos: primero, porque estoy en pleno proceso de revisión y ordenación de lo ya escrito para su edición en varios libros, dos de los cuales es muy posible que se publiquen en 2021; y, segundo -aunque quizá sea el motivo principal-, porque la actual coyuntura ha hecho que el registro de la cotidianidad, personal e intransferible, se haya contaminado de crónica de una insoslayable experiencia colectiva, la de la pandemia. Sé que otros han encontrado en ello un acicate para escribir lo que sin duda consideran valiosos testimonios de una ocasión histórica singular, y que por ello se han multiplicado los "diarios de la pandemia", algunos a cargo de firmas muy señaladas. Pero en mí la vivencia colectiva, casi unánime, ha tenido el efecto contrario: me ha ido disuadiendo, día a día, de acudir a este cuaderno a consignar un anecdotario al que, sospecho, apenas querremos referirnos cuando la racha pase: entonces todos esos "diarios de la pandemia", me temo, se leerán como una sarta de lugares comunes o como insufribles actos de egotismo y vanidad por los que un presunto testigo indemne y seguramente a resguardo de los principales escenarios de riesgo se erige en narrador de un padecimiento colectivo del que sólo percibe sus aspectos más triviales y anecdóticos: las mismas incomodidades que todos padecen, las mismas perplejidades, acaso los mismos menudos egoísmos que mañana nos avergonzarán a todos... 

Es precisamente la conciencia de ese pecado de egoísmo, o quizá el temor a que su franca transcripción aquí parezca cínica, lo que me dificulta en extremo incluso el acudir a este cuaderno en un día como hoy, tan propicio a balances. Hay quien ha perdido en este año a personas queridas, quien ha estado hospitalizado en angustiosas condiciones, quien ha perdido su empleo o tenido que cerrar su negocio. Uno agradece en voz baja, con modestia, no haber padecido aún -cruzo los dedos- ninguna de esas desgracias, y creo que hasta aquí mi pública acción de gracias es tolerable. Pero acaso no lo sería si me ufanara de que el año ha sido benigno, por ejemplo, con los libros y empeños literarios en general, incluidos los propios, quizá favorecidos por una coyuntura que apenas toleraba otras expansiones que la lectura o el ocio ante una pantalla. Sí, para quien esto escribe no ha sido un mal año, ha sido incluso un año, en lo literario, mejor que otros, y la satisfacción que esta modesta constatación me causa es incómoda de confesar, como me imagino que será, para aquellos a quienes esta coyuntura ha favorecido laboralmente, confesar que se sienten felices y satisfechos por ello... Cambiaría uno con gusto toda esta perplejidad por la atonía de antes, pero no hay más remedio que reconocer que no habría llegado a esta paradójica certeza si no hubiera experimentado lo que podríamos llamar la curiosa sintonía existente entre el oficio de escribir y las condiciones de vida del confinado por mor de una pandemia. Buen año para escribir -aunque no un diario, como decía antes-, mal año para vivir en general.

Y con esto detengo aquí este diario, a la espera de que se restablezca el viejo equilibrio, el que dicta que la vida siga siendo impetuosa e inabarcable y el escritor, para hacerse la ilusión de que tiene algún poder de control sobre ella, acuda diariamente a un cuaderno como éste para consignarla.

Digo yo.

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